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2. MODO DE SABER MÍTICO

2. MODO DE SABER MÍTICO

2.1. Caracterización

Tanto el individuo, cuanto la humanidad, buscan formas o manifestaciones más perfectas de conocimiento. De pronto ya no satisface saber que las cosas son. Entra a actuar una curiosidad natural, o capacidad de asombro como diría Platón, que arrastra a la inteligencia a buscar razones, a inquirir explicaciones de las cosas que se ven, de los fenómenos que se presencian, de los acontecimientos que se viven, de los actos que se realizan, de los hechos del pasado que perviven en el recuerdo colectivo de los pueblos. Esta urgencia por una respuesta que sea valedera, proyecta a la razón humana, por sobre los hombres del saber vulgar, para asumir una actitud interrogativa frente a las cosas en orden a saber “qué son” y “por qué son”.

Naturalmente que se trata de una nueva actitud de la razón humana, que plantea un cambio fundamental en la trayectoria del saber.

El modo mostrativo, que nacía del ejercicio de la capacidad sensorial, cede el paso a una forma de conocimiento eminentemente demostrativa. Esta vuelca la atención sobre las “causas”, más allá de la simple percepción de las cosas, vale decir, inquiere preferentemente las “razones” o “explicaciones” que pueden poner de manifiesto el ser mismo, real y verdadero de los acontecimientos y de los fenómenos de la naturaleza. Así es como ha nacido el compromiso por dar razón acerca de la destrucción de Troya, de la fundación de Roma, de la presencia hegemónica en la historia, de la raza y de la civilización latina, de las crecientes del Nilo y de la fertilidad de sus aguas, etc..

Sin embargo, en el momento de encarar la respuesta a la actitud interrogativa que asume el hombre, la razón salta hasta un plano supra-racional, y como metafóricamente expresa Jacques Maritain en su introducción a la Filosofía, “reviste la explicación de ornamentos sagrados”. Significa esto, lisa y llanamente, que se procede, por sobre el orden natural, como si la voluntad y la intervención de los dioses decidiera la aparición de las cosas, la producción de los fenómenos y la misma dirección de la historia.

El estudio del Mito ha adquirido plena relevancia en el siglo XVIII, con Augusto Comte, fundador del Positivismo. Su famosa Ley de los tres estados ha puesto justamente en evidencia que el conocimiento mítico está al servicio de explicaciones demostrativas de los fenómenos de la naturaleza.

El origen del mito se remonta a la antigüedad pagana. La historia se hace eco de una sucesión muy larga de culturas míticas. Las más conocidas son: la civilización egipcia, con el gran mito de Osiris y de Isis; la civilización persa con el mazdeísmo; la civilización india con el brahamanismo, las primeras etapas de la civilización helénica, etc.

2.2. Definición del Mito

En términos precisos se llama mito al relato fabuloso que se emplea como explicación de un acontecimiento histórico muy remoto o de un fenómeno de la naturaleza, que se presenta como poco accesible a la razón humana.

Desde el punto de vista del origen:

El mito es pura creación del hombre.

Ya en ese solo aspecto toma fundamental y esencial distancia con la “religión revelada”, que es gratuita donación de Dios. El Positivismo no ha querido reparar en esa distinción y ha llevado a confundir la religión con el mito.

Literalmente la palabra religión significa “relación del hombre con Dios”. Esa situación de “religación” pudo ser planteada, obviamente, desde el hombre y por su pura iniciativa. De hecho ha ocurrido así y ese planteo ha originado las variantes religiosas del mundo pagano, que tienen el sentido de un subproducto cultural o, como técnicamente se dice, de un epifenómeno del proceso cultural humano. Pero de la misma manera, esa “relación del hombre con Dios”, pudo ser también planteada desde la perspectiva divina y por su inefable iniciativa. Ello también, históricamente, ha ocurrido. Son sus manifestaciones concretas: la revelación mesiánica al pueblo judío, el profetismo del Antiguo Testamento, la predicación de Cristo, la tradición apostólica, las apariciones y los mensajes, reconocidos por la autoridad competente de la Iglesia, en el transcurso del mundo moderno y contemporáneo.

En suma: mito y religión constituyen dos manifestaciones humanas absolutamente distintas e inconfundibles. Donde ésta comporta un plan de salvación, gratuitamente revelada en beneficio de los peatones seculares, que somos los seres humanos, aquél constituye un intento de “explicación” de los hechos históricos, de los acontecimientos sociales o de los fenómenos de la naturaleza, como las tormentas, los relámpagos, el rayo, la creciente de los ríos, la fecundidad de la tierra, el cambio de las estaciones, la sucesión del día y de la noche, etc.

2.3. Culturas míticas

La humanidad atraviesa una larga y fecunda etapa de civilizaciones míticas. (Consultar el Apéndice 1).

En ese recorrido de tiempo ha logrado elaborar poderosas construcciones racionales que, habiendo podido constituirse en grandes sistemas de pensamientos -ya científicos, ya filosóficos-, han dejado de serlo por la cantidad y densidad de elementos “supra-racionales” que contienen. Este juicio no implica reconocer una inconciliable oposición entre la religión y la ciencia, sino sencillamente la afirmación de que comportan dos actitudes humanas distintas, pero que deben ser armónicas en función de la identidad del destinatario -al que se dirigen-, y del sujeto, -que las detenta-.


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